voces desiertas

Publicado el 30 de Julio, 2008, 20:20

   "Me paseé por última vez a lo largo del mar. Tan lejos como podía verse, no había nadie en la playa del lado del faro. Caía una lluvia fina y salpicadora, la que agrieta los labios, turba la mirada. El viento la reunía en paquetes y me la arrojaba en la cara, impidiéndome caminar, respirar. Esto no estaba hecho para nosotros, esta lluvia y este viento cómplices, este mar desvergonzado. El aire era brutal y soplaba en todos los sentidos, no era posible meterse en la cuna del viento y caminar con él ni respirarlo. De golpe faltaba todo ante nuestras narices. Era peor que la cólera. Una fiesta a la que uno no estaba invitado.

Me abrigué contra una roca retirada y me senté. De golpe estaba en otra parte, lejos. Estaba mejor. Mis mejillas estaban frías ahora cuando las tocaba. Paquetes de lluvia llevados por el viento pasaban por encima de la roca pero no me alcanzaban. Mis manos sobre la cara tenían el olor del frío, ya no las reconocía. Creí que estaba triste. Lloré. Hubiera querido no irme nunca de ese lugar, nunca jamás en la vida. Lloré porque tenía que irme.

Tenía que sucederme algo. Esperaba que surgiese una mañana un acontecimiento que me curase definitivamente de la espera ridícula en que se había convertido mi vida..."

Marguerite Duras, La vida tranquila, Ed. Noguer, Barcelona, diciembre 1990. Traducción de Juana Bignozzi.